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Redacción
Domingo, 27 de mayo de 2018
Rastros - ESPECIAL FESTIVAL INTERNACIONAL DE TEATRO Y ARTES DE CALLE DE VALLADOLID

Sin rastro en una historia gris

Leire Murias

 

 

 

 

Al final de una bulliciosa calle se formó un grupo de espectadores. Entre ellos se extendía la alegría que días como ese inundaban el centro de la ciudad, aunque en el cielo dejase una estela gris. Las agujas del reloj continuaban su recorrido y finalmente cualquier comentario fue acallado por la presencia de dos figuras idénticas que se alzaban en medio de la muchedumbre.

 

El discurso pronunciado en boca de aquella mujer entró en la cabeza de todos aquellos que las escuchábamos, cada palabra parecía grabarse a fuego. La alegría que una vez inundó el rostro de todos fue poco a poco, palabra a palabra, dejando paso a la lástima y compasión por aquellas que fueron humilladas en tiempo de crueldad.

 

La cercanía de los hechos, tanto espacial como temporal, causaba mella en cada individuo consciente de que en pocas vueltas de las agujas de un reloj volvería a pisar el que tiempo atrás había servido de escenario de torturas y humillaciones. Un discurso que aún permanecía en el interior de muchos y que finalizó con una lista de nombres que se hicieron un hueco, entre toda la información albergada, en la mente de cada uno de los oyentes.

 

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Una vez más, después de décadas, dos mujeres fueron rapadas ante los ojos de testigos, solo que esta vez no se buscaba la humillación, sino el recuerdo.

 

Los mechones caían como lágrimas lo hicieron una vez, pocos mechones trataban de huir asegurando la perseverancia en la memoria de esta triste historia. El silencio se extendía a medida que esta escena retornaba a los espectadores años atrás en la historia de nuestra propia provincia, nuestro propio país. Las manecillas del reloj continuan avanzando incansables sin dar un momento de piedad al recuerdo.

 

Cuando el último de los mechones hubo abandonado la cabeza de las mujeres —ambas idénticas figuras— realizaron lo que una vez pudo haber sido el camino de la vergüenza, arrodilladas ante la crueldad de las acciones realizadas hacia ellas, dejando tras de sí huellas de lo que fue una historia olvidada, pruebas de la existencia de un cuento aún sin contar.

 

Sin embargo todo rastro de lo ocurrido una vez fue barrido, tal como una vez lo fue la existencia de estas mujeres en los libros de historia. No quedaron pruebas de que aquel escenario sin color que fue usado esa tarde para contar una historia olvidada, ni de la presencia de ambas figuras, ni de la asistencia de los espectadores, únicamente quedo una huella imborrable, una huella que aguantara el movimiento de las agujas del reloj, una huella en la mente de todos aquellos que esa tarde no ignoraron una historia que no debía ser acallada.

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