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Redacción
Domingo, 27 de mayo de 2018
Rastros - ESPECIAL FESTIVAL INTERNACIONAL DE TEATRO Y ARTES DE CALLE DE VALLADOLID

Aún queda rastro de homenaje

Irene Hidalgo

 

 

 

El viernes 25, la Calle Santiago y el teatro de Calle de Valladolid nos brindó pelo, mucho pelo y, sobre todo, respeto.

 

La línea de salida hacia un senderismo empático y la peregrinación más corta del mundo, comenzaba con palabras y un par de tijeras; dos mujeres valientes, dos por doscientas, por dos mil, por raudales. Se ayudaban del papel, en lo discursivo, porque ellas no eran actrices y, para lo que se vio en esa calle, sobraban palabras.

 

Yo soy... Gregoria Cuadrado, Felisa Pastor, Bernarda Pérez.

 

En los ojos de la gemela sentada había vestigios de la mujer llamada bruja en 1937; la posguerra civil española en sus manos, entrelazadas, temblando, no de anticipación sino de memoria. De la niña rasurada paseando desnuda por las calles de su pueblo, humillada con carácter instructivo y el ricino del general vencedor haciendo ya efecto muy a su pesar. Y en el siglo 21 la gemela, mira al frente, a su Calle Santiago que bien podría haber sido el pueblo de la niña, aquí ya no hay bandos ni vencedores y los vecinos son ahora ecuatorianos con la gorra mal puesta, franceses ruidosos de visita y objetivos telescópicos de cuerpos de cámara imponentes.Flash. Ya no hay vencedores pero sí rastro del recuerdo, su hermana alza la mano y encarcela sus hebras—castañas y definitivas— las tijeras son la Inquisición.

 

Andrea Riol, Nemesia Quintanilla, Paulina Ortega Sastre.

 

Que el cabello caía, en cajas, transparentes, serpenteaba en un proceso tortuosamente lento, había creado un frenesí, el baile desacompasado de las tijeras y el control del movimiento en la maquinilla; el estoicismo del público anonadado, que en silencio idolatra a las gemelas, sobre todo, a su rasura, que pensaban que eso pasaba solo en YouTubeUn auténtico show, y como en todo show, la sombrerera orbitando en busca del pequeño incentivo. Hoy no queremos su moneda, queremos su mechón. La caja entonces, ya repleta, el abanico de cabello natural, procesado, californianano, pantene, fosco, prehistórico, escaso, valiente o brillante, respeto.

 

Carmen Juárez, Aurora Sánchez, Matilde Pérez

 

Hincadas, de rodillas, en un camioneta; —grises, descabelladas— Las gemelas se dejaban arrastrar y parecían de otro siglo, una película de la primera guerra mundial, una escena descorazonada, en el camino, en lugar de espantar caballos o tenderetes, dispersaban payasos de otros shows y pasaban rozando el Carrefour Express. La causa ameritaba los medios, su público las seguía y, al llegar, recibieron escobas, escobas. Y de nuevo, al punto de encuentro, ahora barriendo e inmiscuyéndose en conversaciones, interrumpiendo pasos y familias, interrumpiendo actos. Una masa homogénea de mujeres (en su mayoría) y los hombres que se atrevían a barrer de las calles la estela imperceptible de la niña, de la bruja, de la España de posguerra y la injusticia.

 

Margarita Merino, Petra Villafranca, Teopsta, Nicéfora, Emiliana, Cristina, Curiel, Vázquez.

 

En la Calle Santiago y el teatro de calle de Valladolid, aún quedaba rastro de homenaje.

 

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