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Redacción
Martes, 19 de junio de 2018
A week in London: un viaje padre e hijo

Los tesoros de la reina

Alberto García

 

 

 

Decían esos tremendos renegados de la corona británica que eran los Sex Pistols, en una de sus incendiarias canciones aquello de: “Dios salve a la reina y a su régimen fascista”. Y bien cierto es que lo que ha cosechado el país, con su reina como gran matriarca de los británicos, lo ha hecho a base de expoliar la riqueza de los países a los que tenía sometidos (véase el caso de Irlanda, o la India, por ejemplo), y también a base de cortar, literalmente, por lo sano, cuando alguien molestaba o no era, simplemente útil al sistema.

 

Muchas joyas, gigantescos diamantes y grandísimos tesoros, entre otras cosas pudimos contemplar mi buen papá y yo, custodiados aquellos en lugares emblemáticos para ellos, como son la Torre de Londres o el Castillo de Windsor, donde en estos días tomaba matrimonio el príncipe Harry con la princesa Meghan.

 

Por no decir que el dinero del alquiler de la totalidad de los locales y parcelas de todas las casas anexas a Buckingham Palace en muchas manzanas a la redonda, le pertenece porque así está establecido, a la susodicha reina de Inglaterra.

 

También tienen otros tipos de boyantes negocios, como granjas (en el caso del príncipe Carlos), obras de arte, etc. Todo un seguro de vida para unos pocos privilegiados.

 

Luego algunos de sus ciudadanos te cuentan que la Corona ofrece un pequeño albergue en el mismo castillo de Windsor a aquella pobre gente que ha prestado, al menos diez años de servicio en las Fuerzas Armadas y no han podido hacer nada mejor para lograr tener un techo digno donde vivir (recordemos que los alquileres así como las propiedades en Londres son expeditivas)…y a esto te lo llaman las Casas de los Pobres…como si después de todo, decir así no fuera faltar al respeto de unas personas que, al final  han recibido un tipo de justicia necesaria.

 

Es, según me pareció a mí, como si toda esa clase de la alta o baja aristocracia, así como los que les bailan el agua, se jactasen de su propia soberbia y no reparasen en lo que de los que, asombrados, nos preguntamos cómo esto puede ser así.

 

En fin, que la reina disfrute de su tarta.

 

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