Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Redacción
Lunes, 18 de junio de 2018
Relatos micropresos

Días en los que tendrían que caer del cielo metros y metros de vendas

Noticia clasificada en: El Gallén El Panky Frosty Rayman

Frosty

Instinto de izquierda

Las gotas de sudor llenaban las baldosas como una cascada en pleno monzón. Charlie jadeaba intensamente sin saber muy bien qué puerta elegir. Había llegado hasta aquí, a pesar de todo, con el corazón limpio y ahora tenía que decidir. Y desde luego que lo tenía que hacer bien.

Sin estar muy seguro se dejó llevar por el instinto y con decisión abrió la puerta de la izquierda. Quedó extrañado al ver que todo estaba oscuro y que una suave brisa traía consigo un ligero olor a barniz. Siguió adelante y mientras atravesaba esa especie de puerta estelar que parecía transportarle a otro mundo, se tropezó con escalones. Sin pensárselo demasiado, comenzó a subirlos despacio, como si tuviera miedo de romperlos con su torpeza en medio de la oscuridad. Mientras, sin saber muy bien por qué, o tal vez si, le vino a la cabeza una frase que su padre solía decirle aquellas interminables tardes de trabajo en las que el taller parecía ser infinito

– Hijo, hoy es uno de esos días en los que tendrían que caer del cielo metros y metros de vendas

Y Charlie siempre le contestaba

– Kilómetros papá, kilómetros

Y escalón a escalón, la luz empezó a acariciar la tez, ya menos sudorosa, de Charlie.

No se había equivocado. Su esfuerzo y haber elegido la izquierda le obligarán a una usar muchos kilómetros de vendas, aunque de momento su sonrisa ya había comenzado a cicatrizar su esfuerzo.

 

 

El Gallén

¿Dónde está Goofy?

Entró y gritó; ¿dónde está Goofy?. Y el recepcionista levanto la mirada asustado

– Señor, ¿qué pasa?

Y Genaro, sin esperar, busca a Goofy. 

– Es negro, con el pecho y las patas blancas. 

Y el recepcionista

– ¡Ah, es eso! Espere que vuelva el veterinario.

Valentina había llorado toda la noche porque Goofy no aparecía, Era su perro desde que tenía un año de edad. Mientras, llovía sin cesar. Era un día de esos en los que tendrían que caer metros y metros de vendas del cielo para sanar el llanto de una niña de cinco años porque su fiel compañero no aparece.

Cuando volvió el veterinario, Genaro se abalanzó sobre él

– Señor, busco al perro de mi hija. Es criollo, negro, con el pecho y las patas blancas, no muy grande, tiene una... ¡Ah!, aquí tengo una foto. Está con la niña, pero algo se ve...

El veterinario mira la foto 

– Humm... No, la verdad es que no tenemos ningún perro así, pero hay uno parecido. Si usted gusta, le hacemos documentos y le brinda un hogar.

Genaro pensó y lo primero que vio en su mente fue a Valentina llamando a Goofy y que este nuevo perro no le respondiera a su llamado.

 

 

Rayman 88

Ya basta

Sí, hay días en los que tendrían que caer metros y metros de venda para poder darnos cuenta de los incontables metros y metros que se gastan por aquellos que fueron a la guerra a luchar por su país o por aquellos que han sido víctimas de un acto brutal de los terroristas, o los que han sufrido y siguen sufriendo por la violencia machista. ¿Cuántos metros de venda nos hacen falta para abrir nuestros ojos y darnos cuenta del daño que nos hacemos a nosotros mismos?

 

Momificar el mundo

Tyson, cada mañana puntual como un reloj, ve las noticias de las 24 horas y, como siempre, le transmiten un disgusto tras otro por los políticos que no se expresan con claridad o por las personas que hieren o matan cegados por la rabia.

Ni comprende a aquellos que se declaran en estado nuclear, con ganas de bronca. Mientras Tyson agita la cabeza en desaprobación, piensa que hay días en los que tendrían que caer metros y metros de venda para hacer callar a los que nos engañan con sus discursos baratos, también para atar las manos a los que hieren y matan, pero también para curar a los que han sido víctimas

 

 

El Panky

El jabalí cruzao

La incesante lluvia repiqueteaba en el alféizar de la ventana y las luces de los coches deslumbraban al pasar por la calle. Benito miraba por ella sin ver, abstraído en sus pensamientos, perdido, divagando en universos paralelos. Alguien llamó a la puerta y los golpes le devolvieron a la realidad, despertándole de su trance.

– ¿Quién es?-, preguntó.

– Soy Ascen-, se pudo oír del otro lado.

Chucky, el perro de Benito, se arrimó a la puerta moviendo la cola en señal de que al otro lado había alguien conocido. Benito abrió y, como un huracán, entró corriendo a saludar a Chucky Pioja, la perra de Ascen, que era la madre de Chucky. Sin ni siquiera saludar, Ascen entró en la habitación:

– Joder, Beni, a ver si arreglas algún día la barandilla de la escalera de la okupa, que algún día va a venir alguien que no lo sepa y se va a pegar tremenda hostia. ¿Estás listo, tienes todo ya preparado?

Benito, sin mediar palabra, señaló con la mirada el macuto al lado de la puerta

– Pues venga, vámonos.

Beni cogió el macuto, bajaron las escaleras, chaparon la okupa, se montaron en la furgo de Ascen y pillaron carretera en dirección al festival de Puerto Lumbreras.

La lluvia hacía difícil la conducción y un jabalí se les cruzó en la carretera secundaria. Ascen dio un quiebro y se salieron de la carretera resultando todos con heridas superficiales; Ascen, Benito y los dos perros. No tenían vendas en el botiquín, así que fueron hasta el bar de la gasolinera más cercana, aunque el dueño tampoco las tenía. En lo que echaban una cerveza, apareció en la tele del bar la casa de Benito. Por lo visto, habían entrado a desalojarla y había mogollón de policías heridos al ceder la barandilla y caer. El camarero les guiño un ojo según les ponía dos birras más y dijo

– Por lo visto hoy es uno de esos días en que tendrían que caer del cielo metros y metros de vendas

 

 

Pedro

Tristeza

Me levanté muy de mañana, compungido adorando a mi Dios, pidiéndole por tantas cosas que creo que me pasan. El comedor, el silencio, mi lamento, mi ira compungida entre los suspiros que salían de mi boca, Mi hijo, mi exmujer. Todo da vueltas por mi cabeza a un ritmo frenético y mi corazón llora. ¿Qué tirita, qué venda le pondría? Necesitaría metros y metros para mi corazón compungido, porque Señor, ¿por qué no me los mandas a través del cielo sí necesito vendas para mi corazón partío.

Hora de terapia. Un suspiro, un anhelo, y qué anhelo. ¿Mi libertad o una simplificación de mi persona hacia el llanto, cosa que yo no hago, cosa que yo no vivo? La expresión de mis lágrimas, el desconsuelo... El llanto, que antes invadía mi cara, ya no lo hace. No me expreso, no lloro. ¿Y si lo hiciera? Lloraría como los ángeles o solo metros y metros de vendas que saldrían de mi corazón y llegarían hasta mis lagrimales. Y por qué no pedirle a mi Señor que me cure, por qué no pedirle que lluevan metros y metros de vendas del cielo para curar mis heridas, heridas que no se marchiten, heridas que no curen, lamentos que duelen y no cicatrizan.

Dame fuerza, mi señor, para pagar mi condena. No la que me impone la sociedad, sino la que me impongo a mí mismo cada día que paso entre las rejas de mi corazón.

palabras menores • Términos de usoMapa del sitio
© 2018 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress