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Redacción
Martes, 26 de junio de 2018
La nave estrena en el Calderón su nueva obra 'Ágora'

“El ágora es un pueblo que falta. Faltas tú y tú y tú…”

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Zero

 

 

 

Ágora en griego significaba asamblea. Durante mucho tiempo, se empleó esta palabra para referirse a la plaza pública donde se reunían los ciudadanos para debatir las cuestiones que afectaban a la polis. Pero 'Ágora' es también el nombre que recibe la nueva obra de La Nave, un grupo de teatro formado por jóvenes de entre 16 y 26 años en el que se combinan distintas disciplinas artísticas como música, poesía, ilustración, etc. El resultado son obras que rompen con la dinámica que se espera de un teatro más tradicional.

 

En esta ocasión, el escenario del Teatro Calderón se convierte en un ágora donde los actores desfilan debatiendo sobre cuestiones actuales. El primer personaje en intervenir es un muñeco que aparece proyectado en las pantallas instaladas encima del escenario y que describe una sociedad distópica que acompaña durante toda la obra.

 

Tras su desalentador discurso y la creciente sensación de incomodidad del público, se escucha un fuerte estruendo. Las luces se apagan y sólo se vislumbra a un grupo de personas caminando sin rumbo sobre el escenario acompañados por sus teléfonos móviles.

 

“Cuando la luz se va, los bajos instintos salen a la luz”.

 

La figura calla para dar paso a una chica que se hace con el micrófono y arranca la discusión del ágora. El primer punto que se trata es la igualdad, que (dice) existe sólo en la muerte. En esta, ya no hay diferencias de rentas, de familias, de importancia, sólo huesos. “Los huesos del pie de Federico García Lorca esparcidos como la grava”. Los huesos de algún presidente estadounidense con un niño sirio muerto al intentar huir de la guerra. Huesos y polvo, nada más.

 

La luz regresa al escenario y los actores corren. “¿Cuándo confundí la vida con la velocidad?” Así, desfila la segunda cuestión: la inmediatez, la incapacidad de detenerse unos segundos a relacionarse unos con otros. La transmutación de la realidad en velocidad, a consecuencia de las redes sociales y el consiguiente analfabetismo emocional que provoca. “Las aplicaciones para ligar son al amor como las redes sociales al ágora”. Dentro de este punto, se abarca el problema de los idiotas. Todos nos quejamos de los idiotas digitales, esos que podrían definirse como los egoístas o individualistas, los neutrales, los pasivos, etc. Pero, haciendo referencia a la etimología de la palabra compañero, “todos comemos el pan de los idiotas”.

 

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Después, se abre el tercer punto del día: “¿El aburrimiento es algo así como un producto de lujo?” Creemos que este surge de la ociosidad, pero ¿es realmente así? Responden con el horario diario de una persona, en este caso, un joven estudiante: levantarse, desayunar, ir a clase, estudiar, estar en Twitter, dormir. Al día siguiente: levantarse, desayunar, ir a clase, estudiar, estar en Twitter, dormir. Y al siguiente. Y al siguiente. Enumeran las horas de las que disponemos para hacer cada tarea: cinco minutos, una hora, seis horas, etc.

 

También cuentan la leyenda de Sísifo, aquel que todos los días empujaba una piedra cuesta arriba para que al final del día cayera y tuviese que volver a empezar. Monotonía. Un bucle diario que nos produce agobio y, tal vez, ¿aburrimiento? Así, intentan convencer al público de que quizás el aburrimiento es parte de la vida y no del tiempo libre, como nos habían contado. Pero nuestro instinto es o era luchar siempre contra él.

 

Una imagen cotidiana conduce al cuarto punto del pleno. Un medio de transporte público abarrotado de gente que se roza con asco. Todos con el móvil. Muchos haciendo ruido. Una chica habla por teléfono a gritos. Otro, incomodo por la situación, reproduce un vídeo en su móvil. “Transistores altos y más altos a ver quien la tiene más grande”. El cansancio y la irritación crece. El odio también. El ruido se hace insoportable. “Ya no se escucha nada, ya no se distingue nada. Solo el ruido”. Toda la escena lleva a cuestionarse si la tecnología nos ha robado la capacidad de comunicarnos y respetarnos entre nosotros. Si nos ha deshumanizado y convertido en ganado salvaje. ¿Nos ha robado la humanidad y nos ha dejado odio a cambio? Puede que su poder radique en que busquemos en ella una salida al aburrimiento, aunque solo nos mete más en él.

 

La escena se interrumpe. Los actores saltan del escenario, se entremezclan con el público y uno propone debatir y votar usando los programas de la obra, que por un lado son verdes y por el otro rojos. Los actores lanzan entonces una serie de propuestas y el público usa el color verde para votar ; el rojo para no; y las manos levantadas para cuando tengan dudas. “No vamos a contar mayorías, vamos a llenar el Calderón de color”. Y así, el ágora se expande, sale del escenario para dar voz a las butacas que hasta el momento permanecían en silencio. Se suceden propuestas y colores verdes y rojos y manos levantadas. El teatro se convierte en un auténtico ágora en el que los ciudadanos de la noche tienen algo que decir sobre su futuro.

 

Para finalizar, se da paso a la última cuestión: la información. “La información está de moda, por eso La Razón te regala…” Pero, “¿si tiene la razón por qué necesita hacer regalos?” Con estas dudas recuerdan a unos y descubren a otros que la información se paga. Y, sobre todo, que se vende. Así, la competitividad, la búsqueda de dinero hace que todas las publicaciones se parezcan porque hay cosas “que quieren que no sepas”. Y eso que ocultan es lo único que merece la pena saber.

 

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La obra comenzó hablando de una distopía, una sociedad indeseable aunque ficticia. Pero no se aleja de la realidad actual. “Cuando el suministro vuelve, es la pura realidad”. Es decir, la representación habla sobre una sociedad con escuelas en ruinas, con hospitales derrumbados, etc. una sociedad prácticamente extinta por una causa quizás desconocida. Pero, cuando las luces se encienden de nuevo, la sociedad distópica se torna en la nuestra. El problema ya no son las escuelas de las que sólo quedan escombros, pero sigue siendo la educación. Y el machismo, el racismo, la lgtbfobia... El nuestra realidad.

 

Y, tras unas horas de juegos de luces, de sonido y novedad “el ágora es un pueblo que falta. Faltas tú, y tú, y tú…”. Porque los ciudadanos no pueden ser ajenos a su realidad y deben ser capaces de formar un ágora global que vaya más allá de lo que decidan políticos, economistas o medios de comunicación. Un ágora en el que todas las voces se escuchen y no se conviertan en un sonido lejano, un eco tan silencioso que sea imperceptible. Porque “los gorriones se mueren por la salud de la vía pública (…) y puede que los siguientes seamos nosotros”.

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