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Redacción
Domingo, 19 de abril de 2015

Taller de lectura y escritura creativa en el Centro Cívico José Luis Mosquera

Iba a escribir que conocemos, pero lo dejaré en hemos oído, lo que dicen Whitman, Yeats, Kavafis, J.E. Pacheco, Juan Ramón, Machado, Muñoz Molina, Almudena Grandes, Cortázar, Benedetti, Góngora, Tolstoi, Gelman, Quevedo, Vicent, Clarice Lispector, Lorca, Poniatowska, Gamoneda, Emilio Lledó... Su hermosa prosa, su delicada poesía o su profundo pensamiento.

José-Ángel Palacios

 

 

 

Cuando el Centro de Mayores del Centro Cívico José Luis Mosquera comienza su andadura, entre la oferta de talleres, presenta uno de Escritura y Lectura Creativa o Taller Literario. Se inició con un solo grupo, pero dada la aceptación que ha ido teniendo, y a la generosidad de su responsable, ahora ofrece dos grupos de trabajo.


Ángel de Castro, su “alma mater” e impulsor del taller, me ha sugerido escribir estas líneas para contar la actividad; qué es y qué hacemos, o qué significa y qué supone para mí y para mis compañeros.


Aunque ignoro los objetivos y fines con que nació, yo lo veo como “un acercamiento a las palabras y pensamientos de poetas, escritores y pensadores y de su visión del mundo y de las cosas, a través de la belleza o concisión que sus textos exhalan”.


Pero no se queda ahí sino que “se nos estimula y requiere para que nosotros también demos nuestra propia visión a través de la escritura”, con lo que ello requiere de esfuerzo. Primero por dar forma a la idea, y después para expresarla de una manera clara, literaria si es posible, y sin rodeos (con capacidad de síntesis). “Esos autores lo han expresado así, de esa forma tan hermosa, pero no tienen la última palabra. Vosotros también tenéis algo que decir; ¡venga, empezad!”, nos exhorta Ángel.

 

En el taller hacemos numerosas actividades. Comenzaré por las básicas que están en la esencia del taller: escuchar, escribir y leer. Escuchamos con unción tanto la palabra de clásicos, románticos, del veintisiete o contemporáneos, nacionales o extranjeros; siguiendo el programa o aprovechando alguna efeméride importante.

 

Iba a escribir que conocemos, pero lo dejaré en hemos oído, lo que dicen Whitman, Yeats, Kavafis, J.E. Pacheco, Juan Ramón, Machado, Muñoz Molina, Almudena Grandes, Cortázar, Benedetti, Góngora, Tolstoi, Gelman, Quevedo, Vicent, Clarice Lispector, Lorca, Poniatowska, Gamoneda, Emilio Lledó... Su hermosa prosa, su delicada poesía o su profundo pensamiento.


¡Ah, qué bien nos hubiéramos quedado ahí!..., pero tras la lectura la propuesta suele ser: “a ver qué escribís en seis u ocho líneas del tema (o del texto o del poema) que acabamos de leer”. Y ahí estamos todos, concentrados, intentando agarrar las ideas con ansia, como adolescentes ante un examen, y colocándolas con un poco de orden y buena letra, porque luego hay que leer lo escrito y el tiempo se acaba…; se acabó.


Empieza entonces la lectura de lo que cada uno ha puesto en su papel y aplaudimos y animamos cuando nos gusta, bueno, casi siempre, y el profe anima también valorando el esfuerzo y corrigiendo lo que considera no es correcto.


El taller no termina tras la hora y media semanal. Nos llevamos un poco de él a casa, donde pulimos y ampliamos lo escrito, cambiándolo si es necesario y tratando de mejorarlo hasta darlo una forma definitiva. Ello supone, al menos para mí, muchos ratos de dedicación mental para dar con un enfoque y que luego me agrade el resultado. Y lo mismo escribimos unos haikus que explicamos unas imágenes, hacemos un pequeño cuento, escribimos un semblanza de la madre, un paseo por la ciudad, nuestra autobiografía…: el temario es infinito.


Uno de los primeros trabajos del presente curso consistió en escribir un prólogo y titular un posible cuaderno que recogiera los trabajos de cada uno de los alumnos. Yo elegí como título "Desierto y Oasis" (tomando unos versos del poema “No te detengas”, de Whitman, que trabajamos el primer día) que decía:

La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.


Eso es lo que ya un poco significa para todos nosotros, jubilados del mercado laboral pero no de la vida, y aunque algunos estén encargados por horas del cuidado de nietos o colaboren en pequeñas o grandes tareas domésticas, no todos pasan el tiempo observando –ahora menos– la construcción del edificio de la esquina para cuestionar cómo utiliza el maestro albañil la escuadra o la plomada para levantar un muro. Algunos mantenemos la ilusión por aprender, y aunque no somos Sócrates (al que preguntaron, “para qué quieres aprender a tocar la lira si vas a morir mañana”, a lo que respondió: “para saber tocar la lira”, una de tantas citas que nuestro profesor conoce), tenemos ilusión por aprender, lo que supone una pequeña responsabilidad que no quieres soslayar, y el acicate de encontrar una idea que crees acertada.

 

Somos los protagonistas de nuestra pequeña historia. Pero no es que escapemos de la realidad de cada día; nos damos un respiro y la llenamos y enriquecemos con algo que nos gusta.
 

 

 

 

 

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