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Redacción
Miércoles, 20 de mayo de 2015

Relato del reino de Ardelle

Relato de Juan José Merillas Benito. 1º Premio de narración corta, nivel I en el XX Concurso Literario IES Parquesol

Juan José Merillas Benito

 

 

– ¡Cuidado! – le gritó Robur. El empujón de este la tiró al suelo y vio una flecha volando sobre su cabeza. Anele no entendía lo que pasaba, pero al levantarse descubrió el incendio y a la muchedumbre corriendo y gritando asustada y al ver un ejército de bárbaros lo comprendió. Les estaban invadiendo. Corrió tras Robur al interior del bosque, donde encontraron lo que parecía un caballo blanco, con un bulto sobre su lomo. Al acercarse comprobaron que en realidad… ¡era un unicornio! Este no se asustó al verles, y volvió la cabeza señalando su lomo. Entonces descubrieron que sobre el unicornio, sujetándose a duras penas, malherido, iba el rey Elfo Robian. Cuando Robur inició un conjuro de curación, una flecha alcanzó el brazo de Anele, y esta se desmayó.

 

– ¡Ya he llegado, y traigo las bayas para Elyón, así podrás prepararle esa bebida que tanto le gusta! – dijo Robur mientras abría la puerta y entraba en la casa.

 

Anele se despertó sobresaltada y se sintió aliviada al descubrir que tan solo había sido una pesadilla de lo ocurrido en el pasado festival de la noche de San Juan. Se giró y vio a su amigo Robur, un joven elfo estudiante de magia muy habilidoso con esta, de ojos castaños, pelo corto moreno y revuelto y una gran sonrisa. Llevaba en su mano izquierda un pequeño saco, en la derecha un arco, y un carcaj cargado de flechas en su espalda, ya que practicaba el tiro con arco. Él era uno de los pocos estudiantes de magia que, al igual que ella, habían tenido que dejar los estudios a causa de la invasión de los bárbaros, que odiaban la magia, y habían asesinado a la mayoría de estudiantes de magia, magos, archimagos y criaturas mágicas como unicornios y dragones.

 

– Bien –le contestó Anele bostezando.

 

– ¿Sabes qué? Me da mucha pena que Elyón y Robian tengan que estar escondidos en el sótano.

 

– A mí también, pero no podemos permitir que los bárbaros los encuentren.

 

– Lo sé. Voy a bajar a ver qué tal están. Tú mientras puedes ir al pozo a sacar agua.

 

Anele asintió y fue al pozo del jardín. Al asomarse a él, el reflejo del agua le devolvió la imagen de una joven hada estudiante de magia diestra en la lucha, de ojos azul intenso, con el pelo rubio deslizándose por los hombros, y con dos grandes alas verdosas transparentes como hojas colgando en su espalda. De repente la imagen se distorsionó por el cubo que el hada lanzó al agua.

 

Al entrar en la casa Anele vio a Elyón y a Robian junto a Robur. Al verles fuera del sótano se enfadó mucho con Robur y le dijo:

 

– ¿Qué se supone que estás haciendo? ¡Si les descubren, les van a matar! ¡Nunca me haces caso!

 

– Tranquila, he cerrado todas las ventanas y tú misma acabas de cerrar la puerta al entrar, así que no tienes por qué preocuparte–  Anele resopló.–  Por cierto, tengo novedades para vosotros; el ejército que empezamos a formar para expulsar a los bárbaros cuenta ya con bastantes aliados entre elfos, hadas, centauros y algunos humanos. Además, mañana Anele y yo partiremos al Valle de los dragones esmeralda para conseguir una esfera de energía que devuelva la magia a nuestro báculo para utilizarlo en la lucha. Ya sabéis que sin ella el báculo no sirve para nada.

 

– Pues a mí sí que me sirve–  dijo Anele riéndose mientras preparaba la bebida y se la servía a Elyón– .

 

Recuerda que me resulta muy útil en la lucha cuerpo a cuerpo.

 

– ¡No!– gritó Robur, que vio cómo un hechizo impactaba en el pecho de Anele y, tras gritar su nombre, esta moría.

 

En ese momento se despertó en la noche mientras todos dormían. Solo había sido un sueño, pero tan real que le hizo tomar una decisión que a Anele no le iba a gustar nada.

 

– ¿Cómo que no puedo acompañarte?–  le gritó Anele a Robur muy enfadada– . Voy a ir, quieras o no.

 

– Anele no te enfades, deja de gritar. Es que no quiero que te pase nada.

 

– ¡No me va a pasar nada! ¡No hace falta que me protejas siempre, sé cuidarme sola!

 

– Ya lo sé, pero, además, alguien tiene que cuidar y proteger a Elyón y a Robian.

 

– Bueno–  dijo resignada– . Me quedaré con ellos–  aunque en realidad no pensaba dejarle ir solo.

 

Anochecía ya cuando Robur divisó el Valle. Formuló unas palabras mágicas y de sus dedos brotó una bola de fuego que le ayudaría a ver el camino. De pronto oyó gritos que decían:– ¡magia!–  y una flecha le rozó el hombro. Robur huyó, pero pronto le alcanzaron algunas de las flechas de sus perseguidores, y estos le rodearon.

 

Comenzó a formular un hechizo de ataque, pero de pronto algo lo levantó del suelo y se dio cuenta de que iba a lomos de Elyón, y a su lado vio a Anele volando.

 

Robur se alegró de que Anele no le hubiera obedecido y tras observar que ya no les perseguían, descansaron junto a un lago y Anele curó a Robur. Entonces, Robur preguntó a Anele por Robian, y esta le contó:

 

– A mediodía, mientras volvía de recoger unas bayas, me encontré nuestra casa en llamas y a Robian tendido en el suelo, y observé algo parecido a una sombra introduciéndose en su cuerpo–  las sombras eran seres oscuros que se introducían en los cuerpos de otros seres para controlarles– .

 

Después Robian se levantó, y tras mirarme malignamente, huyó. Luego descubrí a unicornio tras unos matorrales. Robur, creo que esa sombra es la responsable de todo.

 

Dicho esto partieron hacia el Valle, al que llegaron al amanecer, y se adentraron en una gran cueva situada en una de las montañas que lo rodeaban, sobre las que volaban algunos dragones. Al final de esta encontraron una cascada, y un dragón salió de detrás de ella, y les preguntó qué hacían allí.

 

Robur le dijo que querían devolver la magia a un báculo para derrotar a los bárbaros, que les habían invadido, y que para ello necesitaban una esfera de energía. El dragón asintió y dijo:

 

– Para conseguirlo tendréis que superar una prueba. Debéis atravesar esta cascada. Si sois de corazón puro pasaréis y yo mismo crearé la esfera, pero si no, moriréis en el intento.

 

Robur y Anele se dieron la mano y juntos atravesaron la cascada. Entonces el dragón dijo:

 

– Habéis demostrado tener valor y un corazón puro–  y juntando sus patas delanteras les lanzó una mágica llamarada que no las quemó, y al abrirlas, de ellas salió una esfera.

 

Después añadió:

 

– Si me lo permitís, sería un honor para mí ayudaros en vuestra lucha.

 

Ellos se lo agradecieron y partieron hacia el bosque para ponerse al frente de su ejército, que se dirigía al antiguo Palacio élfico, ahora ocupado por los bárbaros. Al llegar, entraron al patio del palacio, cuyas puertas estaban abiertas y sin vigilancia. Sin embargo, una vez dentro, una lluvia de flechas cayó sobre las tropas, matando a algunos combatientes. Después, los bárbaros salieron de sus escondites y comenzó la batalla. Entonces el dragón les dijo a Anele y a Robur:

 

– Buscad al rey de los bárbaros y matadle. Nosotros nos ocupamos del resto.

 

Anele y Robur entraron al Palacio, y a pesar de que empezaba a caer la noche, vislumbraron una silueta al fondo de la sala en la que se hallaban, de la que surgió una voz que les resultaba familiar:

 

– Bienvenidos queridos amigos.

 

En ese momento reconocieron a Robian y antes de que pudieran reaccionar, lanzó un fuerte hechizo a Anele, pero Robur se interpuso para protegerla. El hechizo le alcanzó en el pecho, pero antes pudo lanzarle una flecha a Robian que le acertó en el abdomen.

 

– ¡No!–  gritó Anele mientras Robian se retorcía de dolor. En ese momento el hada vio a la sombra abandonando el cuerpo de Robian, y cogiéndole el báculo a Robur, lanzó un poderoso conjuro de luz a la sombra, que se desvaneció, y con ella el ejército de los bárbaros. Anele, tras aplicar un hechizo de curación sobre Robian, corrió a socorrer al elfo, que se moría lentamente, pero Elyón la detuvo, y colocando su cuerno en la herida de Robur, le sanó.

 

Entonces Anele le dijo a Robur riéndose:

 

– Gracias por protegerme de ese hechizo, no está mal que de vez en cuando me protejas.

 

– No fue nada, además tú derrotaste a esa sombra. ¡Eres una heroína!

 

Anele y Robur se miraron y se fundieron en un beso de amor bajo la luz del último rayo de Luna y el primer rayo de Sol.

 

Amanecía un nuevo día, lleno de luz, donde todos podrían convivir en paz en el Reino de Ardelle.

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